Cuando Elena Kostyuchenko (Yaroslavl, Rusia, 38 años) llegó a Berlín, después de cubrir el comienzo de la guerra de Ucrania y de conocer que de ningún modo podría volver a Rusia porque habían puesto precio a su cabeza, pensó que estaba a salvo. Sin embargo, unos meses más tarde fue envenenada en Alemania con una sustancia desconocida que aún hoy sigue causando estragos en su cuerpo. “Al menos ya puedo trabajar más de tres horas al día”, dice sentada en un café de París, lugar de la entrevista, horas antes de embarcar en un vuelo que la llevará a Carolina del Norte, donde impartirá dos cursos en la Universidad de Duke: uno sobre periodismo y otro sobre literatura en tiempos oscuros. Antes, en Rusia, trabajó 17 años en Nóvaya Gazeta, el periódico que tiene el terrible honor de contar con el mayor número de periodistas asesinados por ejercer su trabajo y defender la libertad de expresión. Fue precisamente Anna Politkovskaya, reportera del mismo medio asesinada en 2006, la que inspiró la carrera periodística de Kostyuchenko. Ahora, lejos de su redacción (cerrada por el Gobierno en Rusia en 2022, después del comienzo de la guerra contra Ucrania, y reabierta en Riga, Letonia), la periodista ha reunido en el libro Amo a Rusia (Capitán Swing, 2025) los reportajes y crónicas que escribió en el periódico y que anticipaban lo que todo el mundo intuía hasta que se volvió una realidad sin vuelta atrás: la deriva fascista de Vladímir Putin y, en consecuencia, de Rusia.
